PIM VAN LOMMEL: ECM y Conciencia más allá de la vida

De sorpresa en sorpresa: una ciencia de la experiencia cercana a la muerte

“De sorpresa en sorpresa” he ido al leer la obra del cardiólogo holandés Pim Van Lommel, Consciencia más allá de la vida, publicada por Atalanta, con un precio elevado (más de 30 euros), pero bien editado, bien traducido y con un contenido que justifica el gasto. Aparte de sus prácticamente 500 páginas. La editorial Atalanta, dirigida por Jacobo Siruela, nos está brindando verdaderas joyas del pensamiento y de la literatura. Algo que es de agradecer.

Resulta llamativo que se haya prescindido del subtítulo que lleva en el original del 2007: La ciencia de la experiencia cercana a la muerte. Quizás para evitar asociar demasiado rápidamente este libro con uno más sobre ese tipo de experiencias. Efectivamente, no es un libro más sobre las ECM. Y no lo es por el esfuerzo explicativo llevado a cabo, recurriendo acertadamente y con una claridad extraordinaria en la exposición, a distintas ciencias. En primer lugar, y como era de esperar por el tema abordado, a las neurociencias, pero no sólo para mostrar las técnicas actuales de medición de distintos aspectos del cerebro (electroencefalograma (EEG), magnetoencefalograma (MEG),  imagen por resonancia magnética funcional (IRMf), tomografía por emisión de positrones (PET), etc), sino también para cuestionar el paradigma materialista reduccionista dominante en dicho campo, sea en su versión monista o en la emergentista.

Digamos que toda una primera parte, unas 200 páginas, está centrada en las experiencias cercanas a la muerte, pasando revista al enfoque de los principales estudiosos del tema: R. Moody, K, Ring,  M. Sabom, B. Greyson, etc., sus clasificaciones y sus distintas aportaciones. No solo eso, sino que todo un capítulo se centra en el estudio llevado a cabo en Holanda por el autor y su equipo, probablemente el “estudio prospectivo” más riguroso y significativo producido hasta el momento. Especialmente significativo por no tratarse de casos de personas que recuerdan una ECM, en ocasiones ocurrida hace años, y sin comprobaciones científicas suficientes del estado en que se encontraban en el momento de la ECM, sino que se limita a pacientes que padezcan una afección médica crítica claramente diagnosticada, a los que se les pregunta si conservan algún recuerdo de su período de inconsciencia unos pocos días después de su coma o paro cardíaco, con un seguimiento a los dos y a los ocho años de ocurrido, para analizar los efectos de la ECM en su vida.

Recordemos, brevemente, para quienes no están familiarizados con ello, Los 12 elementos de una ECM, tal como los recogió ya R. Moody: 1)Inefabilidad; 2) Sentimiento de paz y sosiego; 3) Conciencia de estar muerto; 4) Experiencia extracorpórea; 5) Un espacio oscuro (y la experiencia del túnel). 6) La percepción de un entorno sobrenatural; 7) Encuentro y comunicación con personas fallecidas; 8) Visión de una luz brillante o de un ser de luz; 9) Retrospección vital panorámica; 10) Prognosis o flash forward; 11) Percepción de una frontera; 12) Regreso consciente al cuerpo.

Esta primera parte justificaría por sí sola el libro. Su enfoque es divulgativo, pero rigurosamente científico en sus fuentes y en su presentación, con abundantes citas que remiten al lector a las fuentes bibliográficas correspondientes. Ahora bien, lo que me ha provocado esa sensación de ir “de sorpresa en sorpresa” es lo que podemos llamar su segunda parte, con incursiones suficientemente detalladas no solo en las neurociencias, para analizar lo que sabemos del cerebro y su funcionamiento y hasta qué punto explica satisfactoriamente las ECM, sino también en la física cuántica y en la genética y la epigenética. Todo ello intentando buscar una teoría capaz de dar cuenta de las ECM. Y a partir de ahí, el hilo conductor, diestramente conducido, será la noción de conciencia no local, estrechamente relacionada con el espacio no local y el vacío cuántico.

Estamos acostumbrados a referencias superficiales y rápidas a conceptos que se toman prestados de la física cuántica o de la biología (también los campos morfogenéticos hallan su lugar aquí, igual que el significado y la posible función del “ADN basura” y de los biofotones), pero en este caso no se trata de eso, sino de aportar cuidadosamente, hilvanando de manera fina, no solo las acertadas preguntas, sino también las hipótesis propuestas, de manera rigurosa y sugerente.

Como no se trata de acumular ideas ni de esbozar la riqueza que caracteriza al libro, nos bastarán dos textos que caracterizan bien su propuesta: Según esta nueva perspectiva, la conciencia completa e infinita con recuerdos accesibles tiene sus orígenes en el espacio no local, en forma de funciones de onda indestructibles y no observables de modo directo. Estas funciones de onda, que almacenan todos los aspectos de la conciencia en forma de información, siempre están presentes en el cuerpo y a su alrededor (de manera no local). El cerebro y el corazón funcionan simplemente como una estación de transmisiones que recibe parte de la conciencia global y parte de nuestros recuerdos en nuestra conciencia en vigilia bajo la forma de campos electromagnéticos mensurables y en constante cambio. Los campos electromagnéticos del cerebro no son la causa, sino más bien el efecto o la consecuencia de la conciencia infinita” (p. 302).

El segundo texto, del capítulo titulado “La continuidad de un cuerpo cambiante”, desarrolla la idea ya esbozada por E Schrödinger de que el ADN funcionaría como una antena cuántica para la comunicación no  local. Efectivamente, “incluyendo todas las células y átomos de nuestro cuerpo, éste está compuesto por un 99.999% de vacío, y este vacío está repleto de energía e información que se origina en el espacio no local, del mismo modo que el universo que nos rodea está saturado de información y energía. Como resultado, nuestro ADN está siempre en contacto con todas las formas posibles de información procedente del espacio no local” (331).

Partiendo de las ECM y buscando una concepción de la realidad, del ser humano, de la física, del cerebro y del ADN, que pueda explicar los asombros fenómenos relacionados con dichas experiencias, la conclusión del autor puede ser resumida con sus propias palabras: “Es difícil eludir la conclusión de que nuestra conciencia infinita precede al nacimiento y sobrevivirá a nuestra muerte, independientemente del cuerpo y en un espacio no local en el que el tiempo y el espacio son irrelevantes. Según la teoría de la conciencia no local, nuestra conciencia no tiene principio ni tiene fin” (390).

Este libro es una fuente de inspiración para quienes quieren comprender mejor lo que está en juego en las ECM y un reto intelectual para los que se mantienen aferrados al paradigma materialista de la realidad y la conciencia. Merece leerse.

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